@DulceMTostaR EL TEATRO

foto3Venezuela se ha convertido en un gran teatro, con actores que hacen su papel disciplinadamente, con estricto apego al libreto que les corresponde.

Tenemos un «gobierno» que dice tener su origen en la voluntad popular expresada en elecciones libres, secretas y universales, pero que no permitió que se auditaran los cuadernos de votación y se realizaran las contrastaciones pertinentes. A la cabeza de ese «gobierno» se encuentra quien dice ser venezolano, pero que no presenta la partida de nacimiento que pruebe el aserto.

Llamamos «justicia» a los tribunales y a unas sentencias emanadas de jueces provisionales que evidentemente deciden de acuerdo a instrucciones giradas desde el poder ejecutivo o desde el PSUV y cuando nos consideramos perjudicados por las sentencias de primera instancia, apelamos, hasta llegar a un Tribunal Supremo de Justicia, el cual desde hace mucho tiempo cambió la brújula jurídica por la política.

Tenemos un partido de «gobierno» que se dice mayoritario y representante de las grandes masas, pero cuyos mítines y marchas parecen reuniones de junta de condominio, cuya única grandeza son los gastos en que incurre para pagar vehículos de transporte, aguardiente, comida y «donaciones».

Poseemos un Poder Legislativo radicado en una Asamblea Nacional que hace mucho tiempo dejó de legislar y nunca ha controlado al Ejecutivo, incumpliendo sus dos principales obligaciones; además, ha sido pródiga en la concesión de habilitaciones a los presidentes de la República, quienes al asumir todos los poderes del Estado, han devenido en verdaderos «dictadores», de acuerdo a la más pura teoría constitucional.

Sufrimos un Consejo Supremo Electoral que debería estar integrado por cinco personas no vinculadas a organizaciones con fines políticos, tres de las cuales deberían ser postuladas por la sociedad civil, una por las facultades de ciencias jurídicas y políticas de las universidades nacionales y una por el Poder Ciudadano; pero es público y notorio que todas son designadas por el régimen y que el quinto en «discordia» poco huele y poco hiede a la hora de las tendencias irreversibles.

Tuvimos un candidato presidencial que dijo haber obtenido el triunfo y sido víctima de un despojo y que, en vez de apelar al pueblo irrespetado, prefirió tomar una actitud monástica resumida en la locución «el tiempo de Dios es perfecto» y, lo que es más, llama «presidente» a quien supuestamente fuera su victimario.

Tenemos una oposición ficticia que no se opone, que ha considerado que la nacionalidad de quien ejerce la Presidencia de la República es «irrelevante», que se concentra en hablar pistoladas del régimen y esquiva a todo evento lo sustancial, en una cohabitación con su «oponente» que cada día se hace más evidente.

Estamos a pocas semanas de unas votaciones viciadas en la causa, por cuanto para el ciudadano común su voto no se depositará para favorecer a un candidato, sino para rechazar al régimen. Por su carácter plebiscitario, los triunfadores no podrán considerarse tales, pues serían muchos los que votarían por ellos sin ni siquiera conocer sus nombres o, lo que es peor, con el pañuelo en la nariz.

El teatro electoral recién comienza. Candidatos elegidos por el dedo omnipresente de la M(ud) se hacen llamar «del pueblo» y el término «unidad®» se convirtió en su marca registrada; todo el que disienta de su manera de hacer las cosas, de inmediato recibe un aguacero de recriminaciones.

La teatralidad de la lectura de los resultados electorales haría palidecer de envidia a Verdi con su Marcha Triunfal de la ópera Aida. En la madrugada del 7 de diciembre y ante un auditorio cabeceante de sueño y cansancio, es posible que Tibisay anuncie la victoria de la oposición, por minúsculo margen; de esa manera, una paliza de características cataclísmicas se convertirá en la suave brisa de una ajustada derrota, tal como sucedió con el referendo constitucional que hizo aparecer a Chávez como un iracundo derrotado pero, sobre todo, como un demócrata consumado, capaz de admitir su derrota por una estrecha diferencia. De inmediato, la M(ud) convocará a festejar la victoria, ante un régimen aspavientoso pero inactivo.

Pero como en todo teatro, los actores no están solos; una audiencia expectante ve caer el telón de las mentiras y se encuentra con su cotidiana realidad y en medio de un silencio tan espeso que se podría cortar con un cuchillo, se oye la voz de un histrión que memoriza sus líneas: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32)

Escrito por:

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Dulce María Tosta
turmero_2009@hotmail.com
@DulceMTostaR

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