@RobAlonso El PLAN HATUEY

El PLAN HATUEY

El indio Hatuey fue para Cuba lo que los caciques Tamanaco o Guaicaipuro fueron para Venezuela. Llegado los españoles, se les enfrentó… pero no era cubano: era dominicano, que para entonces era lo mismo, porque “los indios” caribeños no tenían fronteras.

Hatuey, para los cubanos, es sinónimo de firmeza, de soberanía: ¡de dignidad! Cuando por fin lo capturaron y lo llevaron a la hoguera, Fray Bartolomé de las Casas lo quiso bautizar antes de morir. Hatuey le preguntó a Bartolomé para qué él necesitaba ser bautizado. El fraile le respondió que para subir al cielo, una vez achicharrado por el fuego español. Entonces Hatuey le hizo una pregunta crucial: “¿en el cielo hay españoles?” A la respuesta afirmativa de Bartolomé, Hatuey decidió morir infiel.

Muchos, muchísimos, nos hemos preguntado cuál ha sido “la magia” de Fidel Castro para mantenerse en el poder, a 90 millas de Estados Unidos, desde que llegó al poder en enero de 1959. Claro… al aliarse al bloque soviético, la respuesta era obvia… pero “cayó” la Unión Soviética y los “americanos” no lo tocaban ni con el pétalo de una rosa. En diciembre de 1989, Estados Unidos invadió Panamá para deshacerse del General Manuel Noriega, alegando la relación de éste con el narcotráfico… sin embargo, no hicieron lo mismo con Cuba, desde donde los Castro saturaban de droga a Estados Unidos. ¿Por qué?

Dos años antes, en 1987, el General Rafael del Pino – el piloto héroe de la Invasión de Bahía de Cochinos – quien había acompañado a Fidel Castro desde la Sierra Maestra, rompió con “la revolución” y desertó a Estados Unidos, donde dio una información “bomba”. Muchos alegan que el General del Pino fue enviado por el propio Castro, fingiendo deserción, para alertar a los “americanos” ante una posible invasión a Cuba, al estilo de República Dominicana (1965), Grenada (1983) y Panamá (1989). La verdad jamás se llegará a saber. Lo cierto es que del Pino entregó unos informes que les pararon los pelos a todos los analistas de la CIA, del Pentágono y de la Casa Blanca.

Años más tarde, tras una profunda investigación periodística, el novelista español – Pablo Gato – publicó un libro titulado “El Plan Hatuey”, a través del cual se pudiera explicar la razón por la cual a los Castro no los han tocado ni con el pétalo de una delicada rosa. El libro está basado en las informaciones que el General Rafael del Pino le entregó a la inteligencia estadounidense en 1987.

La planta nuclear de “Turkey Point” está ubicada al este del pueblo de Homestead, a unas 40 millas al sur de Miami. Bastaría artillar una avioneta monomotor con un misil aire-tierra de mediano alcance, para amenazar las vidas de cientos de miles de habitantes de La Florida. Una pequeña avioneta, volando a baja altura, podría disparar este misil a 45 millas de las costas cubanas y hacerle un daño mortal a “Turkey Point”, sin que la defensa estadounidense pudiera evitarlo. De hecho: el piloto de esa avioneta pudiera anunciarle a Homeland Security que en minutos saldría a cumplir la misión y la defensa estadounidense no podría hacer absolutamente nada al respecto.

En una oportunidad en la que me reuní, socialmente, con el general estadounidense de cuatro estrellas, Colin Power, quien fuera Presidente del Estado Mayor Conjunto durante la Guerra del Golfo y Secretario de Estado durante la administración de George W. Bush, le pregunté por la veracidad del llamado “Plan Hatuey”, descrito por el escritor Pablo Gato en su novela, y éste me respondió, escuetamente, lo siguiente: “… hay cosas sobre las cuales uno no debería de estar hablando…”

Fidel Castro no hubiera permitido terminar su “gloriosa” carrera como el General Manuel Noriega de Panamá. Ante una invasión “americana”, nada de extraño hubiera tenido ordenarle a un piloto “fundamentalista castrista”, que atacara “Turkey Point”. De hecho, según informes posteriores, Castro tenía varios pilotos “fundamentalistas castristas”, por si a uno de ellos se le “aguaba el guarapo y arrugaba”. Para ponerle la tapa al pomo, cualquier represalia nuclear en contra de Cuba, hubiera repercutido, por su cercanía, en territorio estadounidense… aunque los Castro y su régimen hubieran desaparecido del mapa.

Si es cierto que la “revolución” cubana subsiste, como bien aseguró Castro desde la Asamblea Nacional Bolivariana de Venezuela en el año 2000, gracias a la “revolución” bolivariana… “los americanos” podrían jurungarle la cadena: ¡pero jamás meterse con el mono!

Miami 28 de septiembre de 2018
Robert Alonso

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